Reseña “El sueño del humanismo: de Petrarca a Erasmo”

El sueño del humanismo: de Petrarca a Erasmo de Francisco Rico, Alianza, Madrid, 1993

 

La publicación de este particular ensayo surge de la delicada pluma de Francisco Rico, en el cual desarrolla la evolución del humanismo de forma narrativa y espontánea, desde sus orígenes hasta bien llegado su final.  El humanismo se recrea como una elegante metáfora de sueño, tal como un proyecto emanado por una serie de intelectuales que en breve se revelarán.

En la obra encontramos un curioso preámbulo que se inicia con un epigrama de Pedro Nunes, In grammaticam, en griego, muy significativo puesto que llama a la gramática “madre de todos los saberes”, es decir, es el concepto de que toda cultura se basa en las artes del lenguaje, en el comentario e imitación de los clásicos griegos y romanos; la idea que los studia humanitatis serán los causantes de la realización de ese sueño del humanismo, un sueño resurgido de las cenizas de la Antigüedad.

El volumen se organiza en diez capítulos:

El primero bajo el título “las dimensiones del sueño” relata los inicios de este sueño, cimentado sobre la palabra antigua, se encuentra en las Elegantiae (1440) de Lorenzo Valla. Según Valla, el latín contribuyó a la educación de los pueblos en las artes liberales, les entregó mejores leyes y desplegó todo un abanico de sabiduría. El latín juega un papel importantísimo dentro de la cultura, puesto que hay una relación estrecha entre éste y las otras disciplinas. Tanto los filósofos como los oradores y jurisconsultos fueron los más interesados por expresarse correctamente; en el momento que nadie habla ni entiende el latín queda rebajada la filosofía, la jurisprudencia y todas las materias que los antiguos habían colocado en la cúspide del saber. De manera que cultivando el latín, se traerá consigo  la perfección de las restantes disciplinas. A esto apuntaba Valla cuando promete que pronto se conseguirá restituir la lengua de Roma ‘y con el latín todos los saberes’. Las Elegantiae llaman a la Roma cautiva: “la reconquista de los galos”. Camilo redivivo, Valla, se pone a la cabeza de este combate. Los Quirites, hombres de letras, y los empatizantes con la lengua de Roma son los guerreros a caballo. El rescate del latín presume a toda una historia, una civilización, de la medicina a la espiritualidad y de las leyes a las artes plásticas. Para Valla, también en Petrarca, los galos son el reducto más preciado de la cultura medieval, pero también la barbarie: las críticas al papado de Aviñón son continuas, las meditaciones morales y religiosas, las críticas literarias y filosóficas, los miramientos del vivir diario más allá de los Alpes, etc. Cuando Valla expone que nadie ha escrito ni entendido latín significa que no se debe tener en cuenta nada que se ha realizado en las escuelas en esos tiempos, más bien una época que divagaba entre el esplendor de la Antigüedad y el regreso de las buenas letras.

En cuanto al segundo capítulo, Rico presenta en grandes pinceladas el nuevo proyecto de la Roma Renovata. Este sueño del humanismo se forjó gracias a la colaboración Italiana. Si las ciudades no hubieran pervivido con la fuerza que pervivieron en la Italia medieval, y si la actividad literaria e intelectual no se hubiera empapado en las experiencias e inquietudes de la sociedad urbana, tampoco se habría podido darse con tanta rapidez la renovatio.  Muchos ecos del pasado se aumentaban cada vez más, así como la grandeza del pasado, potenciadas por las ruinas monumentales y la continuidad de obras públicas entre otras muchas más (mártires, joyas, etc.). Poco a poco se volvería a anhelar la suprema justicia, los antiguos epitafios, las grandezas de Julio César, a Séneca, Tulio y otros. Poco a poco la iría formando una nueva consciencia, una nueva visión del pasado como modelo del presente. La contemporaneidad y el patriotismo se iban tiñendo crecientemente de colores clásicos. La Italia del trescientos contaba con una diversidad de escuelas de nivel bajo, sin embargo, suponía la multiplicación de los gramáticos, los cuales amplificaron el cometido de los antiguos: la formación en la lengua, la lectura y el comentario de textos, textos que cada vez eran más clásicos. La sección concluye con algunos fragmentos de Mussato que plasman la fascinación por el mundo antiguo y el deleite por una especie de belleza que se justifica a sí misma. Y fue precisamente esa pasión que se despertó en Petrarca, Cola di Rienzo, Lovato Lovati, posiblemente indica Rico, el humanismo nunca habría tenido origen.

En el tercer capítulo, se inicia con una especial atención a las Elegantiae. Entraron rápidamente en la enseñanza y propiciaron diferentes discusiones en torno a la declinación, construcción y discusión de diversa índole destinada buena parte de la formación que recibían los alumnos de Guarino Veronese. Rico presenta a Guarino, el maestro del humanismo. El maestro veronés se dedicó a explicar las diferencias entre mihi/michi, timor/metus, o cómo canere significa a veces ‘alabar’ o ‘vaticinar’, un gran glosador de los clásicos con trazos históricos, geográficos o mitológicos mencionados en el texto. Guarino estaba convencido que solo  una educación de esta envergadura era capaz de formar hombres nuevos, ciudadanos ejemplares para la vida privada y pública. Retomando las Elegantiae, Valla eleva las observaciones gramaticales que las componen con el objetivo de recobrar la dimensión auténticamente humana de la cultura, la dimensión común a todos, y, rescatar la lengua real, es decir, para Valla, la lengua, la cultura y sociedad van unidas. La norma lingüística y la exigencia de claridad responden a un ideal del saber como bien público, presente en la vida, activo en la sociedad, orientando a iluminar la realidad. Era un gran paso establecer el uso en norma del lenguaje,  no obstante no sería una lengua vulgar vista como vehículo de cultura, todavía no podía contemplarse, sería recuperar e imponer el uso propio de la gran literatura de Roma, impregnada de conciencia civil, inseparable de la convicción retórica de que la palabra y las artes del lenguaje componen la sustancia misma de la humanitas. Otra vía para recuperar la civilización pérdida era a través de la crítica textual. El trato con los códices agudizaron en los humanistas la conciencia de la diversidad de los hombres y de la singularidad de cada uno. Lo que había comenzado por la fascinación estética de unos textos cuya brillantez hacía notoria las carencias del presente y planteaba como remedio una restauración de la cultura antigua. Pero una enmienda de un manuscrito supone una toma de consciencia el deterioro del texto en  una edad que por eso misma hay que calificar de bárbara, cómo la recuperación de la lectura original devuelve un  modelo más rico para el presente o simplemente un ejercicio de conciencia del fluir de la historia. Po esta vía se dirigían los studia humanitatis, una visión de la realidad y la temporalidad implica que es posible cambiar la vida, que la restitución de la cultura antigua abre horizontes nuevos, que el mundo puede corregirse como se realiza en un texto.

En el siguiente capítulo, Rico plantea que el arte, la ciencia, etc. no se transmiten como puro saber, sino también como modelo de vida. En el caso de la escuela de Ferrara se aprendían también modos distinguidos de comportamiento. Jenofonte sancionaba que la caza es útil a príncipes y caballeros, en tanto preparación para la guerra como para simulación de batalla. El baile y las fiestas como en el caso del carnaval que favorecía a mascaradas mitológicas y a la composición de poesías latinas. Es por tanto que el aprendiz humanista debía reunir el “amor por las letras” con “la dulzura en el hablar, la nobleza de costumbres, el refinamiento de modales.”[1] El humanismo era una suma una cultura completa, todo un sistema de referencias, con un estilo de vida, era un “humanismo”, es decir, un saber que acompañaba y definía al hombre. Como contrapunto estaba la escolástica. Paradigma científico que ni toleraba aficionados ni se prestaba a entrar en la vida diaria. Ya Petrarca lo consideraba como estéril en quedarse en datos y especulaciones sin consecuencias prácticas, sin embargo, es bien sabido que las aportaciones que presentó la escolástica, de la grammatica speculativa a las indagaciones físicas de los nominalistas o las doctrinas sociales y políticas, fueron de gran interés. Rico ofrece varios ejemplos de ello: el prototipo de alta burguesía apasionado por las letras latinas, Nicolaio Nicoli; la fascinación por la Antigüedad de Alfonso el Magnánimo o Alfonso de Aragón, al cual le convenía crearse “unas raíces” sobre su legitimidad en Aragón y Nápoles, o sobre su condición de ‘bárbaro’. Así poco a poco el humanismo no solo se prestaba a ser una escuela de erudición, sino instrumento político y estilo de vida para grandes señores.

El quinto capítulo comienza con la figura de Petrarca. Dedicó la primera mitad de su vida a nutrirse de Antigüedad y producir una obra latina de puro clasicismo. Petrarca enseñó a leer y aprovechar los autores latinos que rescató y difundió en la primera etapa de su carrera. Rico apunta que el clasicismo puro de la juventud de Petrarca se convertiría en  un clasicismo ‘aplicado’. El humanista se dedicará a componer textos menos exigentes, que se topen con la vida diaria, los problemas de la política, las relaciones de amistad, los conflictos éticos, las grandes cuestiones intelectuales, para demostrar que el legado antiguo es la cultura humana que mejor acompaña las enseñanzas de la religión. De hecho la trayectoria petrarquista anticipa la orientación del humanismo, del literario, lingüístico, histórico, los cuales tienden a crecer incorporándose a otras materias y buscando la simbiosis con otros saberes. Un ejemplo de filtro de los studia humanitatis lo encontramos en el Arquitecto Leon Battista Alberti, en De re aedificatoria, que partiendo de Vitruvio, Plinio y otros cien autores antiguos sin dejar de observar las construcciones romanas y las modernas de su época, ese continuo diálogo entre el pasado y la contemporaneidad dará a luz más que un simple ‘manual del arquitecto, será el manual de la arquitectura moderna.

Después de la muerte de Lorenzo Valla, 1457, el humanismo ha alcanzado prestigio, entrando de pleno en ámbitos de poder, dinero y sobre todo en la pedagogía, la educación, desde entonces sin studia humanitatis no hay ya educación socialmente estimada. A un alumno se le pide que maneje el latín con fluidez, nociones de griego, que esté familiarizado con las grandes obras de los grandes autores y se mueve ágilmente por la Antigüedad. Fue tanto las escuelas y más adelante la tipografía el medio por el cual se divulgó el humanismo. Al alumbramiento de este sueño se vislumbraba cuando la jerga universitaria acuñó la palabra humanista para designar al profesor de humanitas o umanità[2] y más tarde al estudioso de asuntos clásico sin ser forzosamente profesor. Paradójico porque el vocablo estaba cargado de matices negativos, usado con desdén. En el trescientos comenzaban a difundirse por toda Europa obras clásicas puestas en marcha por el humanismo y algunos números de los humanistas. Más allá de los Alpes, de buen grado recibían el humanismo, con la fascinación de la novedad, se mostraba como modelo de cultura y vida. Estos eran personas influyentes, nobles, altos funcionarios, etc. como Jorge HAsznóz, Nuño de Guzmán o Andrew Holes mostraban atención y respeto a los studia humanitatis. No cabe duda que el éxito de este sueño, por más de tres siglos, reside en haber puesto los cimientos de la educación que formó a las élites europeas. Claro está que las personas que echaron esos cimientos eran poderosos e influyentes. Fuera de Italia, el humanismo triunfó porque consiguió en las altas esferas un número importante de mecenas generosos: Janos Vitéz que ordenó una gran biblioteca estableciendo libros de todas las materias, además envió a muchos jóvenes a Italia a estudiar, entre ellos envió a Ferrara bajo la tutela de Guarino; o en el caso del Cardenal Mendoza que protegía a Antonio de Nebrija. Ellos suministraron los medios precisos para que las propuestas de los humanistas se concretaran en prácticas e instituciones de larga repercusión social, aseguraran la continuidad y la proyección del sueño. Poco costó que príncipes y grandes señores entendieran los studia humanitatis como un elemento propio del vivir aristocrático, porque era como la moda que implicaba un prestigio de clase.

En el séptimo, el humanismo se presenta como un sueño ya cumplido y asentado. Cuando Cicerón y Virgilio se podían leerse en todas las escuelas y comprarse por cuatro perras en las librerías, los humanistas tuvieron que apuntar más alto. Un siglo de descubrimientos les había puesto en las manos un sin número de materiales y recursos filológicos que abrían nuevas perspectivas. Sobre todo, el progresivo dominio de la lengua y la literatura de Grecia ampliaron el ámbito de la investigación. En esta sección se presenta un fragmento de los Miscellanea (I,22) de Angelo Poliziano, el supremo humanista. Las novedades que presenta Poliziano son ‘crítica textual’, es decir la valoración de los testimonios manuscritos, seguida de un esbozo de historia de la tradición conservada, que le permite ya alguna operación del tipo lachmanniano de la eliminatio codicum descriptorum (p93) en este sentido Poliziano supone la llegada teórica, el punto en que la filología clásica deja de ser el motor principal de la cultura y se convierte para siempre en una técnica auxiliar de la historia y de la crítica literaria. El capítulo cierra con la figura de Ermolao Barbaro (vida y obra)

Con respecto al ocho, presenta “el soberbio triunvirato”, es el postrer florecimiento del humanismo: Guillaume Budé, Desiderio Erasmo y Juan Luis Vives. Los tres forman el núcleo de la élite que más renovadoramente ejerce el poder intelectual en Europa. En el caso de Vives, De disciplinis (1531), el camino del conocimiento es un vaivén entre verbo, res y mores, entre lenguaje, realidad y forma de vida; cuando se pervierte uno de ellos, los otros se pervierten también, de suerte que tampoco es posible sanar uno solo sin atender a la vez a los demás, a las puertas de una civilización de veras humana. Vive, por ejemplo, abre el paso a la psicología moderna afirmando que poco importa qué es el alma, lo importante es que importa es cómo es y cómo funciona. Es la idea que poco interesa el latín y el griego si no se le saca partido. Los studia humanitatis fueron a principios del quinientos la cultura nueva de una nueva época. Describe al consejero de Carlos V, al interlocutor de Lutero, hablamos de Erasmo de Rotterdam. Aquí se destaca como el profesor de humanidades. Un don de pedagogo más que de erudito, preocupado para aprender cosas útiles para enseñárselas a los demás que por descubrir verdades nuevas de aplicación incierta. Erasmo explotó al máximo la copia verborum y la copia rerum[3], ello contribuyó a fecundar las letras del Renacimiento. Erasmo firmó o avaló con un prólogo multitud de textos, griegos y latinas, cristianos y paganos, y pavimentó con manuales el noviciado entero de los studia humanitatis. Poseía una actividad tan plural que ahora había llegado el momento de los especialistas. Comienza a tocar las puestas del fin del sueño del humanismo. Presenta a Erasmo como el teólogo que completaba la sociedad en la cual se respiraba cristiandad por doquier. El núcleo de la teología erasmiana reside en el lenguaje, ya que Dios se ha hecho lenguaje, y a través del lenguaje hay que buscarlo, con ellos le siguen el programa de la retórica antigua. Lo importante era persuadir, para ello recurren a los afectos del alma que los oradores sabían despertar al auditorio.

Por lo que se refiere al capítulo nueve, comprende la teología erasmiana desde dos puntos de vista: la primera percibida desde la coincidencia con el arquetipo de los studia humanitatis, y una segunda comprobando cómo se insertan sus varias realizaciones en el desarrollo concertó de tal arquetipo. Seguidamente enumera las influencias que recibió Erasmo por parte de Valla: morfología extractada, la “concepción retórica del lenguaje”, predilección por el leitmotiv paulino del ‘hombre interior’ con la convicción aneja de que el hábito no hace al monje, etc. Parece que el primero tomara relevo donde Valla lo dejó. Erasmo en 1500 se consagró a los estudios bíblicos para el resto de sus días. Entre las primicias erasmianas, la epístola De contemptu mundi asegura que la vida monástica puede ser calificada de “epicúrea”. Después de cuarenta años, 1533, el diálogo que cierra los Coloquios resume la philosophia Christi: Jesús no fue melancólico para que el cristiano viva en pena, Dios es alegría y paz, y los cristianos han encontrado en Él el bien supremo que persiguen los filósofos, ser filósofo significa ser cristiano. A ello se suma el legado que le dejó Valla en De vero falsoque bono, en que consiste en gozar de Dios, y por tanto, el tal bien está más cercano a la voluptas de Epicuro que a la honestas de los estoicos. Es curioso cómo la formación de éstos y de otros grandes se fundamentaban, sobre todo, en las formas del mundo pagano, ya que en los clásicos se hallaba por todos partes materia inaceptable para un cristiano. Sin embargo, si había que seguir estudiándolos, se imponía contrarrestar de algún modo tal evidencia. El remedio se podría encontrar en las alegorías, para atribuirles el sentido que mejor conviniera al exegeta. Pero la solución con más alcance fue hacer oídos sordos a los elementos peligrosos de los textos antiguos, como quien los deja para otro momento, y en cambio, subrayarles los contenidos positivos. En cuanto a la moral del hombre ilustrada en los clásicos, decir que, Jesucristo vino a renovarla, a brindarle una segunda oportunidad, es el segundo Adán. Y en este sentido, el hombre es siempre el mismo, simplemente es así porque Dios lo ha querido. Por tanto no se condena el estudio de los antiguos, pero el estudioso no podrá sino sentirse obligado a insistir en que cada texto ofrece enseñanzas útiles para el cristiano. Francisco Rico hace hincapié en que el núcleo de la religiosidad erasmiana es asimismo el núcleo de la religiosidad característica de  los humanistas. Según la exigía cualquier visión coherente de los studia humanitatis en el marco de la fe cristiana que seguía asiéndoles propia e irrenunciable. Con los humanistas, la religiosidad se había alejado de los excesos del catolicismo medieval, ahora se privilegiaba una religiosidad más vuelta hacia la sinceridad de la actitud interior y hacia el testimonio sólido, en la conducta, en las obras, de un verdadero espíritu de caridad. Así pregona, articula y expande Erasmo como ninguno de los humanistas anteriores. Tampoco se puede dejar De remediis de Petrarca, porque tanto este último como pholosophia Christi podían ir de la mano.

El último capítulo se dedica a elogiar a la figura y a las ambiciones de Erasmo como el mejor representante del gran proyecto de los studua humanitatis.  Es cierto que los humanistas lucharon contra las demasías de la imaginación medieval y optaron por una poética de la verosimilitud, la racionalidad y el sentido común. Pero no podían llegar hasta final porque se lo vedaban el latín y la imitatio. Por muchos frutos que dieran en la lírica o en el ensayo, se les escapó el género arquetípico de la modernidad, y la  novela y poco menos que toda la gran literatura de ficción se hicieron en vulgar. Empero, en el pensamiento y en la ciencia, en el derecho, como en otras disciplinas y también formas de vida, las singularidades más dignas de nota y las que marcan las direcciones más originales, es gracias a los studia humanitatis. La grandeza del mismo reside en haber abierto muchos caminos, que a partir de un cierto momento ya era imposible continuar con este sueño. Pandolfo Collenuccio insistió en que las cuestiones en debate no se resolvían con autoridades y diccionarios griegos, sino mediante la observación y la experimentación directa. Las nuevas orientaciones intelectuales iban a transformar la imagen y la realidad del mundo, ideas que no solo saldrían de los studia humanitatis sino que en buena medida consistirían en una rebelión contra los mismos. Ahora la conveniencia de abandonar los clásicos y la filología o la eloquentia eran como punto de partida y vía principal de la investigación. Ya no quedaba esa fe ciega a los clásicos. Pongamos por ejemplo a Ermolao Barbaro, el cual estaba convencido de que Plinio no se había engañado sino de que las equivocaciones que se encontraban en la Naturalis historia eran justamente los estragos del copista que él se proponía sanar. La confianza que depositaba Barbaro al poner al autor antiguo por encima del error provenía del sueño heredado del humanismo, sin embargo ya no había ese ideal de una civilización que los había movido a ellos a rescatar, porque ahora, el clásico griego tenía unos límites. Depurar el texto de la Naturalis historia era entonces entender mejor y saber más sobre la naturaleza.

Francisco Rico sorprende al lector con un excurso, el cual titula Laudes litterarum: “Humanismo y dignidad del hombre en la España del Renacimiento.” Describe la Oratio paraenetica[4] de Juan de Brocar en 1520 para inaugurar el curso académico en Alcalá de Henares. Una asombrosa invitación a la gramática, donde residen las tres lenguas de la iglesia: hebrea, griega y latina, tan especial para los que estudian cosas divinas como para los de artes liberales. Sin la gramática, perecerían todos los saberes que mejoran nuestra vida, incluida las letras sagradas, puesto que sin la gramática es imposible entender la Biblia, plegada de alusiones y nombres cuya comprensión exige varia experiencia y universal lectura de los clásicos. Brocar presenta un repertorio de casos en los cuales la ignorancia de la gramática ha sido fuente de error para médicos, jurisconsultos, teólogos, incapaces de interpretar correctamente a Celso, el Digesto o las Escrituras. Valla permaneció en la misma premisa: la fortuna de la ciencia es inseparable de la fortuna de la lengua latina: si la una decae, decaen las otras. Seguidamente abre de lleno el tema de la dignidad del hombre, aludiendo a la riqueza de cuestiones que suscitan los discursos inaugurales. Define lo que se entiende por dignitas hominis: “la exaltación del hombre que se realiza precisamente gracias a un repertorio de tópoi normalmente asociados en los siglos XV y XVI, así como gracias a las elaboraciones más originales que en la época se presentan en compañía y en dependencia de tales tópoi.[5] Describe y explica las formulaciones de hominis dignitate de Manetti, De dignitate et excellentia hominis, o el de Giovanni Pico della Mirandola. Se suma las de dos españoles: uno de Vives y otro de Fox Morcillo. Rico propone un ‘arquetipo’ que subyace del conjunto de los mencionados. El libro primordial que había trazado este pensamiento era el ciceroniano De natura deorum, con el canto a las glorias del espíritu y la palabra como creadoras de la sociedad y como esencia de la distinción entre hombre y fiera: el hombre supera a la fiera en el dominio de las artes del discurso. Ello mismo se observa también en Brocar. Esta es la principal coincidencia de la dignitas hominis y los studia humanitatis, de un viejo ideal del hombre y la revolución pedagógica que propuso y a veces logró el humanismo. Por tanto, la humanitas  propia de las disciplinas se concibe regularmente como una manera de apartarse de la feritas, dominar la tierra, aproximarse a las divinitas.

En conclusión, la obra consiste en narrar el nacimiento y desarrollo del humanismo, comprendido como un sueño cumplido gracias a grandes personajes como Lorenzo Valla, A. Poliziano, Budé, Erasmo, Vives, entre otros. Francisco Rico se acerca al lector en un tono narrativo, casi de cuento para contarnos el desarrollo del humanismo, desde sus inicios hasta casi bien llegados su final.

 

 

[1] “Verborum dulcedo, morum gravitas, consuetudinis lepos… Has ad tantas vel animo vel ingenii dotes adde litterarum amorem, bonarum artium studia insignemque disciplinam…” Espistolario di Guarino Veronese, II, p. 292 en Rico Francisco, El sueño del humansmo: de Petrarca a Erasmo, Alianza, Madrid, 1993, p.46

[2] “Un bloque de cinco materias, con el común denominador de las fuentes antiguas: gramática, retórica, poesía, historia, filosofía moral.” Rico Francisco, El sueño del humansmo: de Petrarca a Erasmo, Alianza, Madrid, 1993, p.78

[3] Rico Francisco, El sueño del humansmo: de Petrarca a Erasmo, Alianza, Madrid, 1993,p. 109

[4] “La genealogía y la posición intelectual de la Oratio se pueden averiguar fácilmente. Un dato anecdótico nos pone en seguida sobre la pista. La prolusio [alabanza de las artes liberales] de 15200 era misión que correspondía a Antonio de Nebrija, “abonarum litterarum praesidium; pero el maestro, inmerso en trabajos de mayor enjundia, confió el encargo al “praeceptor” de Juan de Brocar, y ese anónimo personaje se lo encomendó al jovencísimo discípulo. Brocar se preparó laboriosamente para la tarea; y el fruto de tal esfuerzo gustó tanto a Nebrija, que movió al padre de Juan (“Arnaldus Guillermus, typicae artis vir dissertisimus”) a imprimir la Oratio rápidamente.” Rico Francisco, El sueño del humansmo: de Petrarca a Erasmo, Alianza, Madrid, 1993, p.165

[5] Rico Francisco, El sueño del humansmo: de Petrarca a Erasmo, Alianza, Madrid, 1993, p.169

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