Reseña: “Los caminos de la exclusión en la sociedad medieval: pecado, delito y represión. XXII Semana de Estudios Medievales”

Esther López Ojeda (Coord.), Los caminos de la exclusión en la sociedad medieval: pecado, delito y represión. XXII Semana de Estudios Medievales”, Instituto de Estudios Riojanos, España, 2011

 

El volumen reúne trece conferencias impartidas por especialistas en la XXIII semana de Estudios medievales de Nájera publicado por el Instituto de Estudios Riojanos (IER), en agosto de 2011. Estas actas tratan sobre la exclusión en la Edad Media, fundamentalmente se atiende a conceptos de pecado, delito y represión. Asimismo, presenta un análisis de la sociedad medieval desde la perspectiva de los diversos grupos marginados. Se incluye un examen de la iconografía y literatura que plasman los modelos ideológicos de la sociedad y manifiestan una clasificación de pecados y pecadoras digna de indagar. Finalmente, la obra concluye con una sección bibliográfica básica que recoge las fuentes de los temas más destacados.

La obra se compone de trece capítulos, correspondientes a las trece conferencias. El profesor R. Córdoba de la Llave introduce las actas con un acercamiento al tema del pecado, delito y represión. Brinda un análisis historiográfico a través de las publicaciones más novedosas como las de Teresa Vinyoles (violencia urbana), Carmen Peris (prostitución), Justo Sema (reclusión carcelaria), entre otros. Además, presenta la compleja realidad social que permite un estudio desde numerosos ámbitos: la mujer, la historia social urbana, la criminalidad, la sexualidad, etc. y con ellos los medios de control y modificación de las conductas más utilizadas en la época para combatirlas (señales en la ropa, marcas y penas corporales, destierro, reclusión, carcelería, “casas de recogidas”[1] y ceremonia de la pena capital).

La especialista A.I. Carrasco aborda el capítulo desde la perspectiva del pecado, el cual no existió siempre, indica la autora, puesto que, básicamente, fue una construcción medieval que a lo largo de los siglos se fue llenando de contenido y adquiriendo diversos sentidos y funciones según el desarrollo de la sociedad y de los poderes que se iban forjando. La instalación del pecado se fue estableciendo en la sociedad como un referente en el que sustentar la salvación personal o la condena y acaba relacionándose con todas las actividades humanas de la época: legitimación del monarca y del clero, del papel de la mujer, del Derecho, el pecado como motivo de la excomunión. Además, en este artículo atiende a la  tipología de los pecados, que según señala,  se inició con el setenario de los siete vicios capitales, evocados por los monjes Evagio el Póntico (365) y Juan Casino (405), pero no fue hasta el siglo VI que Gregorio Magno terminaría de difundirlo. Sin embargo la clasificación más importante en la Baja Edad Media fue la de los pecados contra los mandamientos: el Decálogo. No obstante, la consolidación del purgatorio implicó la clasificación entre pecados mortales y veniales; también existen los pecados criminales y los cotidianos o los ocultos y manifiestos. En definitiva, las clasificaciones resultaron ser un mecanismo eficaz para ejercer control sobre la sociedad. La aparición de nuevos pecados puede interpretarse como síntoma de una sociedad que se transforma; pero, también, la que exige un mayor control. El pecado de la lengua parece corresponder con la aparición de corrientes de opinión pública que podían perturbar al poder civil y religioso. Por último, expone la idea de Jacques Le Goff, después del siglo XIII, la preocupación cristiana se desplaza del pecado al pecador, es el sujeto del pecado que refleja los límites de las clasificaciones y diversificación de vicios.

La Inquisición es un pasado oscuro que tiñe la historia de España. Por ello,  Manuel Peña Díaz basa su capítulo en una conferencia del profesor Julio Valdeón[2] sobre los antecedentes inmediatos del Santo Oficio para analizar el origen de la Inquisición española: mediados del siglo XV y 1478, año de la bula de Sixto IV en la que otorgaba a los Reyes Católicos el poder para nombrar inquisidores. No obstante, el profesor Valdeón niega que el Santo Oficio fuera creación exclusiva de Isabel y Fernando. Eran conocidas las bulas de Eugenio IV de 1442 sobre el castigo de conversos judaizantes, la de 1451 del  Obispo de Osma y del vicario de Salamanca para actuar contra conversos. Aunque en la sociedad medieval había una “tolerancia fáctica”, apunta el especialista, es incuestionable que el “problema converso” fue clave en los orígenes de la Inquisición en Castilla. Y en este momento se combinaron tres factores: una fuerte presión social (deseo de los cristianos viejos de las oligarquías urbanas de una inquisición por hostilidad hacia los conversos por causas socioeconómicas), unida a un doctrinarismo antisemita; y el factor de “estado moderno” (la condición política de los primeros años del reinado de los Reyes Católicos). Cabe mencionar que el principio del Santo Oficio no fue sólo contra la herejía judaizante, además, se ha de relacionar con las diversas guerras contra el islam. Finalmente mencionar que el capítulo se cierra con una extensa descripción y las consecuencias de dos asesinatos, en los años ochenta del siglo XV, que prepararon terrero a la Inquisición: la muerte del Santo Niño de la Guardia y del inquisidor aragonés Pedro Arbués. La reivindicación de estos mártires reclama, al mismo tiempo, la eliminación de las herejías y la supremacía del Santo Oficio.

El siguiente capítulo se centra en el factor desencadenante de la marginación o exclusión social, es decir, la pobreza. El profesor J.M. Escobar presenta dos visiones de la pobreza: la primera es la pobreza elogiada por un sector de la sociedad, sobre todo desde la Alta Edad Media hasta el siglo XI, buscando en ella raíces evangélicas. Era un medio de santificación, tanto para los pobres, ya que a través de ella hacían méritos para salvación, como para los ricos, que les permitía ejercer la caridad. Sin embargo, la situación cambia a partir del siglo XII. La pobreza se la vincula a los vicios y al pecado, fundamentalmente a partir del siglo XII coincidiendo con el desarrollo de las ciudades. Se presentará como un fenómeno que progresivamente producirá desconfianza, temor y rechazo, entendido a menudo como una amenaza a las estructuras establecidas y, por tanto, como un problema social que acabará considerándola como un vicio. Ello llevará a buscar nuevas formas de respuesta ante dicho problema y a un proceso de laicización de la práctica benéfica. Las causas a ese rechazo fueron varias: de tipo espiritual, político, socioeconómico e incluso sanitario. La sociedad se va transformando: un mayor crecimiento demográfico, una burguesía en plana extensión, frecuentes epidemias que se difundían con gran rapidez, era lógico que se desconfiara de los mendigos y enfermos que por su suciedad, podían ser agentes idóneos para la transmisión de las epidemias. Por ello se mirará con recelo y se buscará su aislamiento como medida para defender al resto de la sociedad. Por otra parte, la exclusión no se produjo simplemente por su pobreza, enfermedad o desvalimiento, sino por lo que se temía que fuera llevar a cabo. Así, esperaban siempre conductas amorales y peligrosas. El acta acaba con la mención de una serie de organismos que nacen a raíz de esta exclusión: instituciones privadas, obras pías, cofradías, hospitales, etc.

El quinto capítulo es un estudio sobre las diferencias en la valoración de la prostitución y la homosexualidad. Por una parte, la prostitución era permitida a pesar de ser una actividad reprobable y pecaminosa por considerarse un mal menor útil a la sociedad, puesto que no suponía un riesgo para la paz conyugal. Al contrario, impedía que la lujuria de los no casados se desviara hacia otros pecados que amenazaran la unión matrimonial. De este modo se justificó en Occidente. Consentida y reglamentada, la prostitución era una actividad que beneficiaba a muchos, por eso, desde el siglo XII, en la normativa foral castellana se contempla la existencia de la prostitución pública por mujeres foráneas, cuya presencia contaba con una mínima de protección jurídica, el pago al entrar en la villa mediante el tributo del derecho de perdices, impuesto con una carga simbólica porque en la Edad Media la perdiz estaba asociada a Satanás y se relacionaba con la lujuria. En cambio, por otra parte, tanto la prostitución como la homosexualidad eran consideradas como una desviación del orden natural establecido por Dios, intolerable porque atentaba contra el fin natural y social de los matrimonios. La homosexualidad era todo un impedimento a la procreación. El eje disciplinador al cual se articuló un modelo moral sexual en Occidente fue en el IV Concilio de Letrán de 1215, los parámetros de moralidad fueron asumidos por el poder real y municipal. En cuanto a la legislación civil, la sodomía, se contempló el castigo como un acto público como mal ejemplo hacia los demás. Se imposusieron tales condenas como la pena capital de la horca o morir en la hoguera y la pérdida de todos sus bienes, que se le confiscaban, el destierro o azotes públicos.

Seguidamente el investigador J.M. Monsalvo arroja luz sobre la visión que tiene el “otro”, es decir, del infiel, en nuestro caso, se atenderá al ideario judío en occidental durante los siglos XI-XIII, visto siempre entre la tolerancia y la desconfianza. Las ideas antijudías que se difundieron por toda Europa durante la Edad Media constituyeron sólo una parte de los problemas de relación y convivencia que existieron entre judíos y cristianos. Aunque influyeron en su desarrollo, las ideas no explican por sí mismas las persecuciones o las violencias antijudías. Ellas las entenderemos más como “ideario” que como sistema racional de pensamiento. De ahí Monsalvo agrupa esta idea en cuatro arquetipos: en primer lugar, la noción de alteridad confesional o de “otro religioso”, considerado un enclave infiel en la sociedad cristiana; en segundo lugar, la imagen del judío arquetipo negativo del dinero, la avaricia y el préstamo con interés desmedido, es decir, el “usurero judío”; en tercer lugar, la idea del “inferior excluido”, es decir, como alguien proscrito sin dignidad; y en cuarto lugar, la “identificación del judío con el “mal”, la satanización del judío, un ser maligno y cruel. Otro tema antisemita que contribuyó al deterioro de la imagen hebrea fue el infanticidio ritual. Mito que nació de la pluma del clérigo Thomas de Monmouth hacia 1150 en De vita e passione Sancti Willelmi martyris Norwicensis el asesinato ritual del niño Guillermo, torturado y crucificado por los judíos de la ciudad durante la Pascua.  El supuesto crimen se convirtió en un relato estándar. A partir de entonces historias parecidas surgían por toda Europa incluso con declaraciones de testigos que daban fe de la desaparición del menor llevando con él duras represalias contra los judíos de la zona, en la mayoría de casos fueron masacres y casa quemadas. A las iglesias locales les sirvió para atraer beneficios materiales gracias al relato estandarizado que se fraguó: peregrinación y exaltación de la iglesia local. En cambio, la situación en Castilla era diferente al resto de Europa, la situación política, social y de convivencia con los cristianos era un tira y afloja que no se rompió hasta fechas muy tardías.

En cuanto al capítulo siete guarda una cierta relación con el anterior en el hecho que aporta un análisis teológico y moral del “otro”, pero en este caso es del otro cristiano: el hereje. Desde el punto de vista de la Santa Iglesia Católica, todo aquél que no sigue sus directrices dogmáticas y espirituales, junto con las pautas bíblicas, obviamente, es anatema. Los principales movimientos heréticos sobre los que cierta historiografía ha puesto especial énfasis son: el priscilianismo galaico, el adopcionismo hispano, el catarismo del Mediodía de Francia, el bogomilismo búlgaro, el husismo checo, el wyiclifismo inglés e incluso los herejes de Durango para Vizcaya. En el caso de las otras religiones monoteístas, judaísmo e islamismo también considerados heréticos, se acusará a sus fieles especialmente de negar la naturaleza divina de Cristo, o en el caso de Mahoma de mezclar distintas herejías para elaborar una doctrina aberrante. Pero el caso más llamativo será el de la brujería. Durante más de dos siglos, y especialmente en los países protestantes, la expresión “Caza de brujas” se ajustó terriblemente a su literalidad. Quien tiene el papel de resolver los problemas internos del mundo cristiano es el concilio ecuménico. Él es la máxima autoridad doctrinal y de gobierno de la Iglesia, la pentarquía (Roma, Constantinopla, Antioquía, Alejandría y Jerusalén). Esta sección finaliza con una descripción de varios pecados considerados como el origen de las herejías que hemos mencionado más arriba.

El cristianismo abarcaba y justificaba las estructuras sociales, políticas, culturales, etc. de tal forma que fundamentaba el sistema social de la Edad Media. De modo que, el castigo del pecado estaba completamente establecido, cuestión que examina la profesora R. Torres en el capítulo ocho: la excomunión, purgatorio e infierno. Comenzando con la excomunión, es una censura eclesiástica que supera el ámbito moral, pastoral, teológico y espiritual; es también una sanción penal. Desde el punto de vista religioso, sitúa al infractor fuera de la iglesia y le imposibilita tanto para recibir los sacramentos como para ejercer su ministerio. La excomunión se le consideraba una sanción “medicinal”, es decir, se busca la enmienda de la persona tras su arrepentimiento, nunca implicaba la exclusión absoluta. La censura era justificada por argumentos bíblicos extraídos, especialmente, en los libros de Corintios, Mateo y Juan. En los siglos XII-XII se llegó a establecer grados de excomunión y pautas que el reo debía de seguir. Los únicos que tenían el privilegio de absolver eran los obispos y sus tribunales diocesanos. Los motivos de este castigo podían ser varios: simonía, casarse estando ordenado, celebrar matrimonios clandestinos, etc. En cuanto al purgatorio, ya estaba consolidado entre 1150 y 1200. Se impone a partir del fundamento teológico del pecado, la culpa y la pena. Cuando el pecado es perdonado, se borra la culpa; pero aún falta por cumplir la pena y la penitencia. A partir de entonces se entiende que esas dos últimas se pueden cumplir después de la muerte. A partir de la segunda mitad del siglo XII se incorpora la idea del crédito, paralelamente surgen las indulgencias. R. Torres reflexiona acerca de la lógica de los juicios ultraterrenos, los medios de salvación que surgen a partir de la idea de purgatorio y describe la fisonomía del purgatorio y sus moradores a partir de algunas obras, sobre todo, de la Divina Comedia de Dante. Por último, el infierno. La noción de infierno y los tormentos sufridos en él es bíblica. Pero las representaciones de los suplicios y geografía son medievales y no tienen base teológica. En cuanto a la fisonomía y sus tormentos proceden de un fondo literario visiones que se difunden en el siglo XII. En los siglos XII-XIII es cuando se reproduce por primera vez un perfil definido de Satán, antes no había tenido un papel relevante. La cuestión del infierno se cierra con diferentes menciones artísticas que plasman el ideal de las tinieblas.

El capítulo nueve indaga acerca de la iconografía medieval que también se hace eco del pecado, delito y represión. El arte plasma la sociedad medieval en todas sus facetas, y en nuestro caso, la preocupación de los pecados y pecadores, de ahí las representaciones de avaricia, asociada a la burguesía; la soberbia, relacionada a los caballeros; y la usura, con los comerciantes y juglares. El especialista J. Gómez expone una serie de representaciones que giran en torno al pecado y la exclusión (figura de usurero y demonio en la portada gótica de la catedral de Tudela en Navarra, un canecillo en la iglesia de Navarra de Artiz, figura de la cólera y pecado en el capitel de Saint-Aventin en Haute Garonne, ilustración del Hotus deliciriarum judei, miniatura de la caída de Babilonia del beato de Manchester, etc.). Se considera que existen cuatro grupos de excluidos que se manifiestan en el arte. El primero es el usurero. A veces acompañado de demonios para reforzar el sentido pecaminoso, otras aparece un hombre con una bolsa al cuello o que lleva un círculo en la mano relacionado con el oficio del molinero. El segundo es la mujer como objeto de tentación para el hombre. Su iconografía se fue asociando a la lujuria, estas representaciones muchas veces son mal interpretadas como eróticas. Se trata de mujeres enseñando el sexo, en coito, etc. En general, la iconografía románica adoptó tres modelos: antagonismo entre Eva y María (pecado y redención), el de mujeres nobles y otro como ser pecaminoso. El tercer grupo: juglares y pobres. El juglar visto como vagos o inútiles. Y el cuarto son los pobres que aparecen representados con desnudez y con alguna deficiencia física o deformidad. Esa deformidad era asociada con la fealdad, antítesis de la belleza, una de  las características de los caballeros. Finalmente, los “exogrupos” por ser de otra religión o etnia. Los musulmanes son escenificados como perdedores de las múltiples batallas. El judío irá variando hasta llegar a la ridiculización, no obstante muestra el triunfo de la iglesia frente a la sinagoga. Acaba con la presencia de negros como individuos pecadores vinculados al diablo.

El análisis de la iconografía del infierno en las pinturas medievales es presentado por J. López de Ocáriz Alzorla. La heterogénea escenificación del hades surge a partir de un conjunto de fuentes bíblicas, sobre todo en los Evangelios, Apocalipsis y Salmos; creencias populares, relatos de viajes legendarios al ultramundo y construcciones literarias como la Divina Comedia de Dante. El estudio del infierno será a partir de los siguientes ejemplos: el Salterio de Enrique de Blois, atribuido a la escuela de Winchester; dos mosaicos del Juicio Final, uno del siglo XII de la Basílica de Torcello y otro del siglo XIII del Baptisterio de San Juan Bautista en Florencia; seis pinturas murales del Juicio Final, dos de ellos de la capilla de los Scrovegni, otro de Camposanto de Pisa, Santa María Novella, en Colegiata de San Gimignano, en la capilla de Bolognini de la Basílica de San Petronio; una miniatura de los hermanos Limburgo en el libro de Horas: “Les très Riches Heures du Duc de Berry”; y finalmente dos pinturas sobre tabla de Fra Angelico en Florencia y la Coronación de la Virgen de Enguerrand Quarton del Museo del Hospicio en Villenueve-lès-Avignon. El artículo se detiene en los colores, la simbología, fuentes, el tipo de figuras que se ilustran, etc. de cada una de las obras mencionadas.

Jesús Moya realiza una exposición sobre el pecado en el ámbito religioso y su relación con lo jurídico. De hecho el pecado se mueve en esas dos direcciones. El pecado religioso que se remonta al Génesis, esa desobediencia que acaba con la muerte espiritual del hombre y por ende nuestra naturaleza caída, es un débito para con Dios que más adelante se pagará con la muerte del Mesías por todos nosotros. Ese débito es un aspecto que la religión ha pasado al Derecho: una deuda para con el creador, con la iglesia, el Estado y la sociedad. En este sentido es normal decir que, cumplida la pena, el delincuente “ha saldado su deuda” con la sociedad. El especialista hace todo un recorrido por las primeras historias bíblicas para explicar el pecado en la Biblia (la desobediencia de Adán y Eva, el diluvio universal, la torre de Babel, la destrucción de Sodoma y Gomorra, Lot y sus hijas, y Abraham el justo. Cita otros libros como Ezequiel, Jueces y Salmos. Además describe los rasgos más característicos de la Torah, Tailón y Tabú como los libros más primitivos de contenido preceptivo. A medida que se forma el gran imperio papal y se instaura la cristiandad como la única religión verdadera, la Santa Sede toma autoridad en sí misma capaz de juzgar todos los asuntos jurídicos y doctrinales. Muchos papas pretendían ser el árbitro legislador de cualquier práctica, por ejemplo, Gelasio I (492-496) reclama para sí plenos poderes como legislador universal incluso contra las leyes de sus predecesores, de cuales destacan Gregorio VII (1075), Inocencio III (1215) y Bonifacio VIII (1302).

El penúltimo capítulo trata de la utilidad social del castigo del delito en la sociedad medieval. Bazán Díaz nos recuerda que en las Partidas (VII, 31, 1), la ley penal represiva e intimidadora pretendía castigar al delincuente y satisfacer la justicia pública. Desde esta perspectiva no se buscaba la corrección moral del criminal, sino tan sólo su escarmiento. El sistema de penas de derecho público era muy doloroso (sobre todo el castigo corporal) y alegaba a la idea de expiación (reparación o enmienda). De este modo se posibilita la sustitución de la vergüenza privada por el castigo público, pues el ofendido se consideraba satisfecho, y quedaba restablecido el orden y la paz social rota. Las ejecuciones se convertían en un espectáculo penal que buscaba causar un fuerte impacto visual, psicológico y moral en el público, obligado a asistir bajo sanción. Era semejante a acudir a una clase práctica sobre las consecuencias de los comportamientos ilícitos. Así se educaba a la población tanto en principios morales como en el acatamiento del orden público, toda una pedagogía del miedo. Se sabe que los métodos de represión pública fueron la quema de hoguera, la horca, arrastrados por animales, descuartizados, etc. Estos espectáculos no eran fácil de soportar y desde finales del siglo XV se empezó a reclamar que le dieran una muerte previa. En cuanto a la cárcel no era comprendida con la función penal de hoy en día, puesto que el encierro ocultaría el castigo del criminal, con lo que los principios de publicidad quedarían sin efecto. No obstante, sí servían para retener y custodiar a los acusados mientras se resolvía su proceso penal y así evitar que rehúya de la justicia, empero se conoce casos, varios de ellos son descritos en este capítulo, en que la cárcel sí tenía una función penal. La pena estrella era, sin duda, el destierro. El tiempo de destierro estaba en relación con la gravedad de la falta que hubiera cometido, aunque la mínima era un mes y la máxima a perpetuidad, además eran limitados geográficamente. En el caso de incumplir la ley de destierro, se le imputaba una cláusula de coerción e intimidación, por ejemplo, si lo incumplía por primera vez era castigado con el doble de tiempo, pero en fechas señaladas (Navidad, fallecimiento de un familiar, etc.) podía alzarse el destierro.

La última conferencia corresponde al capítulo trece bajo la autoría de F. Baños. La concepción religiosa de la exclusión y pecado salpica las obras literarias, incluso las de tema profano. En este apartado, muestra la clasificación de los siete pecados capitales, a través de cuatro poemas del Mester de Clerecía: Libro de Alexandre, Libro de Buen Amor, Libro de miserio de omne y Rimado de Palacio. El primero de ellos es el más descriptivo. El poema ofrece un tratamiento más literario de los pecados capitales y muchas enumeraciones de pecados, pero el que tiene una mayor riqueza literaria es el Libro del Buen Amor, aunque tiene menos entradas pecaminosas, éstas son mucho más amplias: sólo la parodia final de las horas canónicas, que es un encadenamiento de imágenes, se extiende durante 56 versos, y sumadas las fábulas de cada pecado ocupan 372 versos. La única obra donde el pecado constituye uno de los núcleos esenciales es en el Libro de miseria de omne, en el cual los pecados hacen despreciable la vida del hombre. En los otros tres libros, el protagonismo de los vicios es diferente. En el Libro de Alexandre y en el Libro de Buen Amor sirven para justificar la materia pagana en el primero y profana en el segundo desde la perspectiva cristiana. Alejandro Magno es un ejemplo de soberbia y su prematura muerte por envenenamiento como justo castigo. En el Rimado de Palacio la confesión de los pecados muestra el arrepentimiento del autor y le otorga justificación moral que le permite censurar a los demás. De modo que en los tres poemas, los vicios capitales son un medio de justificación del resto de contenido. Los cuatro comparten el mismo hilo conductor: los siete vicios, de ellos cuelga la condición humana, una continua disputa entra la virtud y el pecado.

El volumen se completa con una sección bibliográfica ordenada temáticamente con el fin de ofrecer material suficiente para comprender y acercarse a la realidad de los marginados de la sociedad medieval: pobres, homosexuales, prostitutas, judíos, etc.

En conclusión, las trece conferencias muestran cómo se veía y se vivía el pecado en la Edad Media. Los diferentes capítulos acercan al lector a la situación de los marginados en la Edad Media que gira en torno a los conceptos de pecado, delito y represión. Además, contiene un análisis iconográfico y literario, que manifiestan los modelos ideológicos de la sociedad y proporcionan una tipología de pecados y pecadores de la época. Es un libro muy completo que aborda el tema desde diversos puntos de vista. El pecado es el protagonista estrella que se fue  llenando de contenido y adquiriendo diversos sentidos y funciones según el desarrollo de la sociedad y de los poderes que se han ido forjando. Él es el gran hilo conductor que puede llegar a cualquier tipo de exclusión, de hecho es un concepto esencial para entender y comprender los ámbitos de la Edad Media, ya que éste acaba relacionándose con todas las actividades humanas de la época. Entre los temas que ofrecen los diferentes profesores encontramos un análisis del origen de la Inquisición española, dos visiones de la pobreza en la Edad Media, un estudio sobre las diferencias en la valoración de la prostitución y la homosexualidad, el tipo de ideario judío en occidente durante los siglos XI-XIII, un análisis teólogo y moral del “otro” cristiano: el hereje, sobre la excomunión, purgatorio e infierno; una exposición sobre el pecado en el ámbito religioso y su relación con lo jurídico, la utilidad social del castigo del delito en la sociedad medieval y un análisis de la clasificación de los siete pecados capitales a través de cuatro poemas del Mester de Clerecía. La obra cierra con un apartado bibliográfico que recoge los temas tratados. Un volumen que aborda de forma amplia el tema de la exclusión; indaga y expone, de forma general, los grupos socialmente marginados, parámetros de moralidad sexual, pobreza, pecado y sus características en la sociedad de la Edad Media que llegan hasta nuestros días.

 

 

 

 

 


 

[1] Las casas de recogida son centros de reclusión que facilita el aislamiento social de las mujeres de comportamiento sexual desviado y así conseguir su reinserción. El requisito para entrar en estos organismos es el arrepentimiento y la voluntad de las mujeres de no volver a la antigua vida. Eran recluidas como mínimo un año pero si al salir eran halladas en la prostitución se las azotaban públicamente y desterradas por siempre de la ciudad. Videre Los caminos de la exclusión en la sociedad medieval: pecado, delito y represión, pág.43.

[2] Valdeón, Baruque, J. Los orígenes de la Inquisición en Castilla, en Inquisición y conversos, Toledo, Universidad de Castilla La Mancha, 1994, pp.35-46.

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