La recuperación de la memoria: un fragmento de “Ríos profundos”

Eran más grandes y extrañas de cuanto había imaginado las piedras del muro incaico; bullían bajo el segundo piso encalado que por el lado de la calle angosta, era ciego. Me acordé, entonces, de las canciones quechuas que repiten una frase patética constante: “yawar mayu”, río de sangre; “yawarunu”, agua sangrienta; “puk’tikyawark’ocha”, lago de sangre que hierve; “yawarwek’e”, lágrimas de sangre. ¿Acaso no podría decirse “yawar rumi”, piedra de sangre, o “puk’tikyawar rumi”, piedra de sangre hirviente? Era estático el muro, pero hervía por todas sus líneas y la superficie era cambiante, como la de los ríos en el verano, que tienen una cima así, hacia el centro del caudal que es la zona temible, la más poderosa. Los indios llaman “yawar mayu” a esos ríos turbios, porque muestran con el sol un brillo en movimiento, semejante al de la sangre. También llaman “yawar mayu” al tiempo violento de las danzas guerreras, al momento en que los bailarines luchan.

José María Arguedas, Los ríos profundos, edición de Ricardo González Vigil, Madrid, Cátedra, 1995, p. 144.

 

El anterior fragmento a comentar corresponde a la obra titulada Los ríos profundos, de José María Arguedas, que pertenece al primer capítulo El viejo.

El texto relata el momento en que Ernesto, después de un duro viaje llega al Cuzco, a la casa de un pariente avaro el viejo. Una vez allí, visita el muro incaico que se sitúa bajo la pared encalada española, hecho que le recuerda canciones quechuas, pues el muro es testimonio del gran imperio antiguo ahora derrotado por el dominio colonial. De modo que el fragmento sitúa al lector en la visión que Ernesto tiene de la ciudad del Cuzco. El niño no solo forma parte de una memoria individual (recordando su infancia) sino también de una memoria colectiva sobre el quechua.

Ernesto muestra su compromiso con el mundo indígena, tal como se refleja en el texto, puesto que es capaz de revelar el sentido de los muros incaicos y de comunicarse con ellos en un entorno social que los ignora por completo, por ejemplo, las piedras ancestrales cobran vida ante la ojos del niño mientras que son ubicadas en una calle que  «olía a orines» o que el Viejo lo considera como una «muestra del caos de los gentiles, de las mentes primitivas» Para el niño no es solo que una piedra inmóvil, sino que es símbolo de fertilidad y potencialidad, de ahí que se utiliza el verbo “bullían” referido a las piedras, seguidamente establece una asociación entre la fuerza contenida de las piedras y los ríos andinos hasta llegar a fusionarse las dos figuras «¿Acaso no podría decirse “yawar rumi”, piedra de sangre, o “puk’tikyawar rumi”, piedra de sangre hirviente?» y armoniza de diversos modos rituales y míticos, como en la siguiente secuencia que se construye mediante la antítesis de la cualidad del muro (estático y cambiante) consigue compararlo de forma paradójica con el caudal de los ríos en el verano, para luego atribuirle a los ríos el adjetivo temible y poderoso, propiedades destinadas a lo sagrado:

«Era estático el muro, pero hervía por todas sus líneas y la superficie era cambiante, como la de los ríos en el verano, que tienen una cima así, hacia el centro del caudal que es la zona temible, la más poderosa»

En cuanto al río, es símbolo de la fuerza renovadora y violencia relacionada con al tiempo violento de las danzas guerreras, al momento en que los bailarines luchan; el  “yawar mayu”, en los bailes populares tiene una idea de “la fertilidad, la iniciación y la renovación” (Deborah Poole citada por Rowe, 1996: 122) Así, tanto la piedra-río como la sangre-música de lucha simbolizan la idea de potencialidad. El río[1] sigue su cauce hasta que llega al mar, al  igual de Ernesto que se irá formando hasta alcanzar la edad adulta.

Ernesto descubre que a pesar del trascurso del tiempo, la fuerza escondida en los muros continúa y comprende que él mismo es “depositario” del pasado esplendoroso, de ahí la declaración que se anuncia más adelante «donde quiera que vaya, las piedras que mandó formar Inca Roca me acompañarán.» es decir, sumergidas dentro de él, las piedras sobrevivirán como los ríos en los torrentes y movimientos de la memoria

La presencia de las voces arcaicas y de los aspectos míticos reivindica el mundo indígena, una perspectiva desde el interior de ese mundo y una búsqueda en su imaginario.

Se puede estimar que el fragmento recupera «estructuras peculiares del imaginario lati­noamericano, revitalizándolas en nuevas circunstancias históricas y no abandonándolas.» (Ángel Rama 1982:123) lo adquiere, a lo largo de toda la obra, mediante interpelaciones del protagonista a su padre cuando éste le muestra la ciudad del Cuzco, ello demuestra que la historia cuzqueña se construye de la misma manera, es decir, interrogando, buscando en la memoria para establecer vínculos y fijar la nueva nación peruana como “patria antigua”.

Otro aspecto importante es la visión del mundo que exponen dichas fuerzas. La energía de la piedra y de los ríos se presenta de manera ambivalente ya que la actuación de la naturaleza lo es con el hombre, algunas veces como desastre o muerte y otras con fertilidad y paraíso, no obstante se pueden gestionar para alcanzar la armonía.

En relación a la obra en general, a parte de la piedra y el río que se plasman en el pasaje, aparecen muchos elementos, así como los movimientos rituales, las múltiples funciones de la música (opresión, recuerdo, misterio, dolor, alegría etc.),  y diversos mitos (amarus “dios serpiente de los lagos”, dansak’ “danzante de tijeras que baila poseído por su espíritu”, layk’a  “un brujo que vuelve el alma perdida”, winku “deformidad sagrada”, zumbayllu “trompo que revela otra manera de percibir, entender e insertarse en el mundo” etc.)

 


 

[1] Reyzábal señala la importancia del río en la novela: «El río es la clave del mito que defiende la existencia con meta mientras regala vida a su paso. Y los ríos profundos representan los ríos del inconsciente, los ríos de la tradición. Ernesto, como un río profundo, seguirá un camino iniciático que lo llevará desde su origen andino al conflicto con la sociedad de “los otros” y del que deberá surgir con nueva identidad, a la manera del futuro peruano que Arguedas pretende para su país.» (Reyzábal 1992:58)

 

 

 

Bibliografía:

ARGUEDAS, José María, Los ríos profundos, Catedra, Madrid, 1995.

REYZÁBAL, M. Victoria, Los ritos inciáticos de José María Arguedas, Anthropos, 1992, p.58

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